Estaremos cuatro míseros días en esta vida. Aun así, no hemos acabado el primero de ellos y ya queremos llegar al último. Nos pasamos la vida quejándonos de no tener tiempo, de no poder hacer todo aquello que nos gustaría. Qué necios somos.
La indeseable impaciencia del ser humano, su arrogante y soberbia testarudez. Es algo irremediable. Nacemos con ello. Apenas hemos aprendido a gatear y ya estamos intentando ponernos en pie y empezar andar. Y claro está, es cuando llega el primer golpe. No es el momento aún.
Nosotros, que desde la infancia nos encontramos diciendo eso de “yo de mayor quiero ser…”, cuando lo único que debería preocuparnos es simple y llanamente el disfrute de esa bendita inocencia. Nosotros, aquellos jovencitos inquietos que empezaban en el colegio. Aquellos que miraban con admiración a los mayores en el patio del recreo, aquellos que soltaban lo de “el año que viene…”. Crecemos más rápidamente de lo que podemos apreciar, más de lo que nos gustaría en algunas ocasiones. Sin embargo, se sigue repitiendo la misma historia, y es más, se incrementa de manera exponencial.
Ese amplísimo abanico de posibilidades que se abre ante nosotros a la temprana edad de quince o dieciséis años. Ese afán por llevar acabo aspectos que, quizás si o quizás no, nos toque vivir en ese momento. Algo tan sencillo como beber la primera copa, fumar el primer cigarro o dar el primer beso. Son todas estas cosas, las cuales nos obsesionamos por realizar de manera tan apremiante, las que desgraciadamente corroboran algo aún más simple. Vivimos un paso por delante, cuando realmente deberíamos vivir y disfrutar cada paso.
Siendo adultos, la cosa varía. Es entonces cuando empezamos a darnos cuenta. Es ahora cuando entendemos que las agujas del reloj no paran de avanzar, que todo esto no es más que una cuenta atrás donde el tiempo es el verdugo por excelencia. Entendemos que hemos luchado y deseado anticiparnos al momento, cuando tarde o temprano nos habría llegado la hora de realizar todo aquello que queríamos.
Es en la vejez cuando damos un giro de tuerca a este aspecto. En esta etapa rememoramos con añoranza toda una vida plagada de experiencias increíbles. Experiencias acerca de las cuales, y de las que por lo general, no existe ni el más mísero arrepentimiento y que volveríamos a repetir con gusto indiferentemente de si era el momento idóneo o no. Es realmente curioso.
Constantemente nos quejamos de la ausencia de tiempo en nuestra vida y sin embargo, en algunas ocasiones, no valoramos esas obras y oportunidades que la misma vida nos regala. El tiempo es nuestro, pero no lo valoramos correctamente. Y es que posiblemente sea esa misma ansia de ganarle momentos a la vida lo que de sentido a la misma. Quizás nuestras ganas de no dejar nada por hacer sea lo que nos empuje a seguir viviendo. Estamos completamente locos.
Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora (John Lennon)
Sígueme en 'Hablando un poco de'
La indeseable impaciencia del ser humano, su arrogante y soberbia testarudez. Es algo irremediable. Nacemos con ello. Apenas hemos aprendido a gatear y ya estamos intentando ponernos en pie y empezar andar. Y claro está, es cuando llega el primer golpe. No es el momento aún.
Nosotros, que desde la infancia nos encontramos diciendo eso de “yo de mayor quiero ser…”, cuando lo único que debería preocuparnos es simple y llanamente el disfrute de esa bendita inocencia. Nosotros, aquellos jovencitos inquietos que empezaban en el colegio. Aquellos que miraban con admiración a los mayores en el patio del recreo, aquellos que soltaban lo de “el año que viene…”. Crecemos más rápidamente de lo que podemos apreciar, más de lo que nos gustaría en algunas ocasiones. Sin embargo, se sigue repitiendo la misma historia, y es más, se incrementa de manera exponencial.
Ese amplísimo abanico de posibilidades que se abre ante nosotros a la temprana edad de quince o dieciséis años. Ese afán por llevar acabo aspectos que, quizás si o quizás no, nos toque vivir en ese momento. Algo tan sencillo como beber la primera copa, fumar el primer cigarro o dar el primer beso. Son todas estas cosas, las cuales nos obsesionamos por realizar de manera tan apremiante, las que desgraciadamente corroboran algo aún más simple. Vivimos un paso por delante, cuando realmente deberíamos vivir y disfrutar cada paso.
Siendo adultos, la cosa varía. Es entonces cuando empezamos a darnos cuenta. Es ahora cuando entendemos que las agujas del reloj no paran de avanzar, que todo esto no es más que una cuenta atrás donde el tiempo es el verdugo por excelencia. Entendemos que hemos luchado y deseado anticiparnos al momento, cuando tarde o temprano nos habría llegado la hora de realizar todo aquello que queríamos.
Es en la vejez cuando damos un giro de tuerca a este aspecto. En esta etapa rememoramos con añoranza toda una vida plagada de experiencias increíbles. Experiencias acerca de las cuales, y de las que por lo general, no existe ni el más mísero arrepentimiento y que volveríamos a repetir con gusto indiferentemente de si era el momento idóneo o no. Es realmente curioso.
Constantemente nos quejamos de la ausencia de tiempo en nuestra vida y sin embargo, en algunas ocasiones, no valoramos esas obras y oportunidades que la misma vida nos regala. El tiempo es nuestro, pero no lo valoramos correctamente. Y es que posiblemente sea esa misma ansia de ganarle momentos a la vida lo que de sentido a la misma. Quizás nuestras ganas de no dejar nada por hacer sea lo que nos empuje a seguir viviendo. Estamos completamente locos.
Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora (John Lennon)
Sígueme en 'Hablando un poco de'

No hay comentarios:
Publicar un comentario